Consulta Popular Nacional 12 de julio 2026/// EN LAS CONTRADICCIONES DE UN PROTECTORADO ESTADOUNIDENSE EN VENEZUELA DESDE LA ÓPTICA MARXISTA Pedro Grima/// mundo de hoy: excremento y desecho del capitalismo Sergio Rodríguez Gelfenstein///El 23 de Enero: Trinchera y Corazón de la Patria Bolivariana ¿Por: Coordinadora Simón Bolívar//Ajedrez en el Precipicio: La Estrategia del Oponente Débil y el Sacrificio de Nicolás Maduro
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EN LAS CONTRADICCIONES DE UN PROTECTORADO ESTADOUNIDENSE EN VENEZUELA DESDE LA ÓPTICA MARXISTA
Pedro Grima
Un experimento que revela la lógica del capital Cuando uno escucha "protectorado", piensa en el siglo XIX, en cañoneras y en mapas coloreados de rosa o azul. Pero aquí estamos, en pleno siglo XXI, imaginando que Venezuela—esa nación que durante años desafió a Washington con discursos encendidos y petroleros—termina siendo un protectorado de Estados Unidos. No anexado, no invadido del todo. Algo más sutil: control externo de sus fuerzas armadas, su política exterior y su industria clave. El gobierno doméstico existe, pero con supervisión norteamericana.
¿Por qué un marxista debería analizar esto? Simple: porque el marxismo no es solo un manual de consignas, sino una caja de herramientas para entender cómo se mueve el capital cuando se siente acorralado. Y un protectorado no es un capricho ideológico. Es la respuesta de un imperio en crisis que necesita asegurar recursos, contener rivales y reordenar su patio trasero. Sin idealizar a nadie, sin demonizar a nadie, vamos a desmenuzar qué pasaría realmente en el mundo si Caracas pasara a ser una suerte de "Puerto Rico con petróleo".
Primera consecuencia: La reconfiguración de la dependencia regional. Adiós a las ilusiones de desarrollo autónomo
Desde Lenin hasta los teóricos de la dependencia (como Dos Santos o Marini), una idea clave es que el capitalismo mundial funciona con centros que extraen plusvalía de periferias. América Latina, históricamente, ha sido esa periferia: exporta materias primas baratas, importa tecnología cara. Venezuela, aunque con cierto margen de maniobra gracias al petróleo en los años setenta y al chavismo después, nunca logró romper esa lógica.
Ahora, como protectorado, la cosa se clarifica brutalmente. El capital estadounidense no va a invertir en diversificar la economía venezolana. Al contrario: va a profundizar la especialización extractiva. La Faja del Orinoco se convertirá en una gigantesca concesión a Chevron, Exxon y otras transnacionales. Los beneficios se irán al norte. Y los costos—contaminación, precarización laboral, inflación—se quedarán en el sur. ¿Suena conocido? Es el mismo modelo que Puerto Rico, pero con crudo pesado en vez de fábricas farmacéuticas.
¿Y el resto de la región? Los gobiernos latinoamericanos, incluso los de izquierda moderada, verán el ejemplo y se moderarán. No porque quieran, sino porque el miedo al "efecto Venezuela" (que Washington pueda decidir protectorar a cualquier país díscolo) funcionará como disciplina de mercado. Las negociaciones del TLC con China se enfriarán. Las nacionalizaciones quedarán en el olvido. Y los sindicatos, campesinos y movimientos indígenas que luchan por tierras o recursos serán reprimidos con más saña, porque los estados locales saben que ahora la Casa Blanca mira de reojo. En pocas palabras: el margen de acción política de América Latina se reducirá a cero. Seremos, más que nunca, un conjunto de fincas administradas por gerentes locales al servicio de un dueño ausente pero vigilante.
Segunda consecuencia: El nuevo mapa de la lucha interimperialista. China y Rusia contra las cuerdas
El marxismo clásico hablaba de la competencia interimperialista como motor de guerras. Hoy esa competencia es menos a tiros y más a sanciones, acuerdos comerciales y control de cadenas de valor. Pero un protectorado en Venezuela es un golpe directo a los intereses de otras potencias. Vamos por partes.
China ha tejido una red de préstamos millonarios a Venezuela (más de 50 mil millones de dólares desde 2007) a cambio de petróleo. Ese petróleo ya no llegará a los puertos chinos porque Washington controlará los contratos. Pekín, entonces, tendrá que tomar decisiones difíciles: perdonar la deuda o presionar con represalias comerciales contra empresas estadounidenses en China. Pero ojo, China no tiene una armada para desafiar el control del Caribe. Su respuesta será más bien estratégica y a largo plazo: acelerar la construcción de bases en África (Yibuti, Guinea Ecuatorial), invertir más en el litio boliviano y en el cobre peruano para no depender del petróleo venezolano, y quizás hasta explorar una alianza militar con Rusia en el Ártico. La competencia interimperialista no desaparece; se desplaza y se vuelve más intensa en otros puntos calientes.
Rusia, por su parte, pierde su principal aliado simbólico en América. No solo por el petróleo (Rosneft tiene contratos), sino por la base logística que usaban sus aviones y asesores. Un protectorado significa la expulsión rusa en 90 días. Putin, que ya está metido en Ucrania, no puede permitir otra derrota sin mostrarse fuerte. Así que veríamos un aumento del acoso ruso a oleoductos en el Báltico, más ciberataques a la red eléctrica estadounidense, y un mayor respaldo a Irán y Corea del Norte como "puntas de lanza". El mundo se vuelve más peligroso, pero ojo: la guerra interimperialista no se detiene porque haya un protectorado. Al contrario, el protectorado es una jugada más en esa guerra.
Tercera consecuencia: El impacto en la clase trabajadora mundial. Migración forzada y ejército industrial de reserva
Un marxista nunca olvida a los de abajo. Porque al final, los protectorados no los sufren los cancilleres ni los CEOs, sino la gente común. Y en Venezuela, la gente común ya venía huyendo por millones. Con el protectorado, esa migración se convierte en una avalancha humana controlada. ¿Qué pasa cuando dos o tres millones de venezolanos más cruzan a Colombia, Brasil o Perú? Pasan dos cosas, una económica y otra política.
Económicamente, esos migrantes se convierten en "ejército industrial de reserva" (ese concepto de Marx sobre trabajadores desesperados que aceptan cualquier salario). Los salarios en la construcción, el servicio doméstico y la agricultura en Colombia y Brasil se desploman. Los empresarios locales celebran; los trabajadores locales odian a los migrantes. Nace un caldo de cultivo para la xenofobia y el fascismo social.
Políticamente, los gobiernos de derecha en la región (como el de Argentina si gana Milei, o el de Ecuador) usarán a los migrantes como chivos expiatorios para desviar la atención de sus propios ajustes. Y los gobiernos de izquierda, atrapados entre su discurso solidario y las presiones de sus bases, terminarán haciendo lo mismo: construir muros, deportar, criminalizar. La solidaridad internacional de la clase trabajadora, ya frágil, se rompe del todo. El patrón siempre gana cuando divide.
Pero hay un detalle más oscuro. Dentro de Venezuela, el protectorado no traerá "estabilidad mágica". Las empresas estadounidenses no contratarán a los chavistas ni a los opositores radicales. Contratarán a gerentes leales, a técnicos importados, y dejarán al resto en la economía informal o en la delincuencia. Las bandas criminales no desaparecerán; se volverán más sofisticadas, ofreciendo "seguridad privada" a las petroleras y controlando el contrabando de combustible. Es decir, el protectorado no es un estado de derecho. Es una empresa con ejército propio, rodeada de un mar de pobreza y violencia. Eso no es civilización. Es feudalismo corporativo.
Cuarta consecuencia: La crisis ecológica se acelera (y nadie puede protestar)
Desde el marxismo ecológico (con autores como John Bellamy Foster), sabemos que el capitalismo trata la naturaleza como un "vertedero gratuito". Pero un protectorado lleva eso al extremo. ¿Por qué? Porque no hay contrapesos locales. Los partidos ambientales venezolanos son débiles. Las ONG internacionales pueden ser expulsadas. Y los pueblos indígenas del sur de Venezuela (yanomamis, pemones) no tienen ejército para defender sus territorios.
Así que las petroleras estadounidenses van a extraer el crudo de la Faja del Orinoco con métodos baratos y sucios. Van a usar el fracking a gran escala, van a quemar gas en antorchas día y noche, y van a verter residuos en los ríos. La Amazonía venezolana (que comparte con Brasil y Colombia) se convertiría en una zona de sacrificio. ¿Y quién paga los costos? Los mismos de siempre: campesinos sin tierra, pescadores sin peces, niños con asma. El marxismo llama a esto "acumulación por desposesión" (David Harvey): enriquecerse no produciendo valor, sino destruyendo lo común y privatizando lo público. El protectorado es la forma más pura de esa lógica.
Quinta consecuencia: La ilusión del "fin de la historia" se desmorona. Resistencias asimétricas
Un error común de los análisis no marxistas es pensar que un protectorado impone orden. No. Impone un orden, pero ese orden genera sus propias contradicciones. Es decir, produce resistencia. No será una guerrilla tradicional (porque las FARC ya no existen y el ELN es pequeño), sino algo más difuso.
Pensemos en formas de resistencia que ya conocemos: paros laborales en las refinerías (aunque sean ilegales), sabotajes a oleoductos por comunidades indígenas, ciberataques de colectivos hacktivistas, y sobre todo: una enorme ola migratoria política de intelectuales, sindicalistas y líderes comunitarios que se refugian en México, España o Argentina para organizar la denuncia internacional. Washington gastará millones en propaganda para vender el protectorado como "ayuda humanitaria", pero en las calles de Caracas, Maracaibo y Ciudad Guayana habrá protestas pequeñas, cotidianas, imposibles de aplastar del todo. Porque el capital puede controlar territorios, pero no puede controlar el hartazgo humano.
Y a nivel global, el protectorado venezolano se convertirá en símbolo para todos los movimientos anticoloniales del Sur Global. En el Sahel, en Filipinas, en Palestina, los discursos dirán: "Miren lo que les espera si no se alinean con Washington". Eso fortalecerá a grupos como los yihadistas en el Sahel (que ya odian a Francia y USA) o a los talibanes en Afganistán (contentos de tener un ejemplo de resistencia exitosa). No es que estos grupos sean progresistas; muchos son reaccionarios. Pero en geopolítica, los enemigos de mi enemigo no son mis amigos, sino mis aliados coyunturales. El protectorado unifica a la oposición global contra Estados Unidos, aunque esa oposición sea contradictoria y a veces horrible.
Conclusión: El protectorado como espejo del capitalismo en su fase terminal
¿Qué nos dice este ejercicio desde el marxismo? Nos dice que un protectorado estadounidense en Venezuela no es una anomalía, sino la expresión lógica del capitalismo cuando sus tasas de ganancia caen y sus rivales acechan. No es "intervención humanitaria", ni "exportación de democracia". Es control de recursos por la fuerza, es disciplinamiento de regiones díscolas, es externalización de costos ecológicos y sociales. Y sus consecuencias globales son predecibles: más dependencia latinoamericana, más competencia interimperialista, más sufrimiento para la clase trabajadora migrante, más destrucción ambiental, y más resistencias fragmentadas pero persistentes.
Ningún marxista sensato diría que antes de Chávez o Maduro Venezuela era un paraíso. No lo era. Había desigualdad, corrupción y exclusión. Pero al menos existía la posibilidad de luchar por cambiar las cosas desde adentro, con políticas de Estado que desafiaban al gran capital. Un protectorado cierra esa posibilidad. Convierte a Venezuela en una colonia administrativa, en un laboratorio de cómo el capital resuelve sus crisis a costa de pueblos enteros. Y si eso puede pasar en Venezuela, puede pasar en cualquier país periférico que tenga algo que el centro necesita: litio, cobre, agua o simplemente una posición geográfica estratégica.
Así que, lector promedio, no te dejes engañar por los titulares ni por las buenas intenciones. Un protectorado no es un contrato entre iguales. Es un látigo envuelto en papel de regalo. Y el marxismo, con todas sus limitaciones, al menos nos da las gafas para ver el látigo antes de que nos golpee. El resto es ideología.
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Fin del ensayo. mundo de hoy: excremento y desecho del capitalismo
Sergio Rodríguez Gelfenstein
Durante milenios, la humanidad ha avanzado dialécticamente hacia la generación de mejores condiciones para la vida. Hace 5 a 6 mil años, a partir de la revolución neolítica (transición radical de la humanidad de un estilo de vida nómada basado en la caza y recolección a uno sedentario), fundamentado en la agricultura y la ganadería, las sociedades de clases se entronizaron sobre la tierra. A partir de entonces, la agricultura se hizo sedentaria y comenzó el proceso de urbanización.
Se empezaron a acumular excedentes generando riqueza por un lado y desigualdad por otro. Surgieron las clases sociales y con ello, los administradores que manejaban los atributos de los gobiernos, los “profesionales” de la religión que daban explicación e interpretaban a su manera los fenómenos desconocidos de la naturaleza y los soldados que “resolvían” por vía armada las diferencias y confrontaciones que el proceso de acumulación generaba.
Comenzó la apropiación por algunos miembros de la sociedad de los excedentes y de los medios de producción. El Estado surgió como instrumento que aseguraba por vía de la fuerza que los propietarios mantuvieran el control de la sociedad, de los trabajadores y de la producción. Así, se comenzaron a hacer las primeras leyes para regular la autoridad y se oficializaron los ejércitos como principal herramienta para hacer valer la razón de los propietarios. Así también surgieron las clases sociales y la explotación. La sociedad esclavista fue la primera expresión de este desarrollo de la sociedad. Se institucionalizó cuando algunos pueblos optaron por explotar como mano de obra cautiva a los prisioneros de guerra, en lugar de ejecutarlos.
En la época esclavista no existía ningún tipo de industria, el capital era escaso y las técnicas de producción son rudimentarias. Solo la tierra y el trabajo contaban como instrumentos para el esfuerzo productivo. Pero al estar la fuerza de trabajo sometida a la esclavitud no era propiedad de los que laboran y por ello, no recibían ninguna retribución y se propagaba por decisión única y exclusiva de los esclavistas que por interés propio, alimentaban y fomentan la reproducción de los esclavos.
Desde el siglo V a.C. en Grecia, y posteriormente en Roma, el esclavismo se masificó, pero a partir del siglo III comenzó su decadencia cuando empezó el ocaso de ambas culturas tras el inicio de la preeminencia de la ciudad sobre el campo. Esto creó las condiciones para el surgimiento de la sociedad feudal que significó un gran paso adelante en la historia de la humanidad.
No obstante, lo hizo sin superar una incompatibilidad fundamental, es decir las contradicciones antagónicas de clase que no fueron superadas, solo asumieron otro carácter. La necesidad de la expansión, y por tanto de la guerra que antes se utilizaba para obtener esclavos, ahora se usó para conquistar territorios en los que campesinos libres venían a jugar el mismo papel que el esclavo. Sin embargo, aunque haya sido un trascendente paso adelante porque las personas habían conquistado su “libertad”, al mismo tiempo fueron utilizados para formar parte de los ejércitos, posibilitando sostener la solidez del sistema.
Pero a partir del siglo III, la amplitud y extensión geográfica de los territorios conquistados y de los pueblos sometidos produjo la crisis y la anarquía. Los gobiernos y los líderes no tenían el músculo económico suficiente como para garantizar el funcionamiento de enormes ejércitos que estaban desplegados en inconmensurables espacios geográficos. En ese marco, se produjo la expansión del cristianismo en Occidente. Así, se empiezan a manifestar las debilidades del sistema. Las ciudades que eran el centro del poder expusieron debilidades, ya no bastaba con ser libre del dominio esclavista, los individuos aspiraban a algo más.
El fin de la sociedad esclavista fue un proceso histórico gradual impulsado por cambios económicos y morales y, presiones políticas. El inicio de este nuevo período que se llamaría feudalismo podría situarse en el siglo V, tras la crisis del imperio romano, aunque el mismo tuvo su apogeo en Occidente posteriormente entre los siglos IX y XV. Su origen se debió a la inseguridad generada tras la caída de los imperios romano y carolingio.
Durante los siglos IX y X Europa vivió una época de caos en el que las monarquías, incapaces de proteger sus territorios se vieron obligados a ceder parte de su poder, entregando el control político y militar de algunos espacios a nobles locales, lo que dio surgimiento a un pacto de vasallaje que se manifestaba como subordinación al rey a cambio de la entrega de tierras (feudos) produciendo una transformación de la sociedad que se dividió en nuevas clases: los dueños del poder (nobleza guerrera y clero) y los que no lo tenían (campesinos y siervos obligados a trabajar la tierra).
De esta manera, el feudo se transformó en el centro de una economía basada fundamentalmente en la agricultura y la ganadería. Por su parte, los campesinos, que en su mayoría eran siervos vinculados a la tierra, aunque ya no eran esclavos, dependían del señor feudal para obtener protección y el derecho a cultivar. En este contexto, en Europa, la iglesia católica legitimaba el orden social como voluntad divina y poseía grandes extensiones de tierra, utilizando el miedo como instrumento de dominación y control en alianza con las monarquías y los ejércitos.
Este sistema que funcionó “exitosamente” hasta los siglos XIV y XV comenzó a cavar su tumba tras el resurgimiento de las ciudades, el crecimiento del comercio y la aparición de rutas comerciales que permitieron el desarrollo de una nueva clase que ya no dependía de la tierra: la burguesía. La peste negra (que se desató en 1348) significó una gran crisis demográfica que diezmó a la población, produjo escasez de mano de obra y dio a los campesinos mayor poder de negociación para exigir mejores condiciones, debilitando el sistema de servidumbre. Los reyes recuperaron su autoridad frente a los nobles y sometieron a los señores feudales con el apoyo financiero de la burguesía consolidando Estados modernos que estaban surgiendo precisamente en ese período.
Este proceso dio origen a la sociedad capitalista que situó su arranque en la transición de la Europa feudal (siglos XV y XVI) hacia la modernidad. Nació gracias a la expansión del comercio, el surgimiento de la burguesía como nueva clase social, y la Revolución Industrial, que transformó el trabajo agrario en asalariado y fabril.
Con los viajes de exploración y el colonialismo, el comercio internacional creció enormemente. Se empezaron a formar bancos y sociedades financieras, facilitando la acumulación de capital y desarrollando un capitalismo mercantil que tuvo su apogeo entre los siglos XV y XVII. Con ello, también surgió el proletariado, una nueva clase de explotados que emergió tras un proceso de privatización de tierras (sobre todo en Inglaterra) que produjo la expulsión de los campesinos de las zonas rurales, viéndose obligados a migrar masivamente a las ciudades convirtiéndose en trabajadores asalariados para sobrevivir. La Revolución Industrial que tuvo su inicio en Inglaterra durante el siglo XVIII se caracterizó por la aplicación masiva de maquinaria a la producción, consolidando al capitalismo como sistema dominante. La riqueza ya no solo venía de la tierra, sino de la propiedad sobre los medios de producción (fábricas y máquinas). Algunos intelectuales como Adam Smith y David Ricardo sentaron las bases ideológicas al defender el libre mercado y la no intervención del Estado en la economía.
Como nuevo sistema, la sociedad capitalista comenzó a construir sus propios principios que se fundamentaban en el libre mercado, la propiedad privada y el rendimiento económico. Sus valores centrales fomentaban la autonomía, la recompensa al esfuerzo individual y el crecimiento económico. Desde el punto de vista económico estos principios generaron una escala de valores transformados en verdades universales que a partir de entonces comenzaron a guiar el funcionamiento del modelo. Algunos de ellos se mantienen vigentes como la libertad de empresa y la elección para tomar decisiones individuales sin interferencias; el reconocimiento y protección legal de la propiedad privada, es decir de los bienes, los medios de producción y el capital; igualmente la generación de un ambiente de competitividad a fin de impulsar la innovación, la eficiencia y la mejora de la calidad para destacar en el mercado a fin de maximizar las ganancias del dueño del capital y los medios de producción. Así mismo, la premisa de que el trabajo y la inversión productiva debían verse recompensados con la acumulación de riqueza y capital es mostrado como expresión del triunfo y la felicidad en la vida, priorizando el éxito personal, el emprendimiento y la responsabilidad individual sobre el bienestar colectivo.
En 1916, Lenin definió al imperialismo como "fase superior del capitalismo", caracterizada por el reemplazo de la libre competencia, por los monopolios. El líder ruso estableció que este proceso marcaría la transición del sistema capitalista hacia su etapa de mayor concentración, dominación y declive. Sus rasgos fundamentales son: la concentración de la producción y el capital y la creación de monopolios que controlan la producción y el mercado de forma decisiva; la fusión del capital bancario con el capital industrial para dar origen al capital financiero en el que un pequeño grupo domina toda la economía y dicta las reglas del sistema; la exportación de capital excedente a otros países (generalmente colonias o dependencias) para obtener mayores tasas de ganancias a diferencia del pasado cuando se exportaban mercancías; la creación de asociaciones internacionales de monopolistas que forman cárteles y sindicatos mundiales que se reparten los mercados y el control comercial del globo; finalmente se produce un nuevo reparto territorial del mundo en el que las principales potencias capitalistas dividen el planeta en zonas de influencia, colonias y semicolonias, generando constantes disputas geopolíticas y conflictos bélicos por la hegemonía.
Esto es lo que estamos viviendo ahora. Estamos en plena fase imperialista del capital, solo que atravesando una etapa muy crítica, Trump desembozadamente ya no gobierna (como lo han hecho durante los últimos 250 años, los líderes del poder mundial) para hacer que el capitalismo sea competitivo y exitoso. No le importa. Lo que está haciendo es administrar abiertamente el poder y gobernar para ese 1% que conforman los monopolios a fin de que aumenten su lucro y obtengan mayores ganancias.
Pero paradójicamente y tal como lo previó Lenin, ello entraña también su propio declive. En su avasalladora impronta, Trump está destruyendo los cimientos de la sociedad capitalista, llevándose por delante instituciones, leyes, principios y valores que sirvieron para dar sostenibilidad al modelo durante dos siglos y medio.
Trump está dejando su huella al generar efectos secundarios negativos al extremar la desigualdad y priorizar el lucro sobre el bienestar humano. Visto de esta manera, es evidente que el mundo vive la crisis del capitalismo como nunca antes en la historia. Este proceso se manifiesta como colapso estructural originado por las contradicciones inherentes al modelo de acumulación, donde la búsqueda incesante de ganancias choca con el bienestar social. Esta inestabilidad se manifiesta en ciclos recurrentes de recesión, desigualdad extrema, precarización laboral y depredación ambiental. Aunque en el pasado, el sistema capitalista atravesó momentos de crisis, estas eran de carácter cíclico lo que le permitía hacer ajustes para su propia renovación. Hoy, por el contrario, se atisban elementos de crisis de naturaleza estructural que ya fueron avizorados en los momentos de desaparición del esclavismo y el feudalismo.
Esta situación se manifiesta en la práctica en forma de una creciente brecha entre capital y trabajo cuando las ganancias se concentran en élites corporativas mientras el poder adquisitivo se estanca, generando sociedades altamente polarizadas. Así mismo, la necesidad de crecimiento continuo y mercantilización de los recursos naturales han provocado niveles de degradación ambiental y alteración climática que amenazan la sostenibilidad.
Como se dijo antes, el capitalismo sufre recurrentes crisis y caídas destructivas en su cotidianidad. Ante eso, hoy más que nunca se toman medidas desde el poder a fin de salvar los sistemas financieros y trasladar los costos a la clase trabajadora. Así, áreas esenciales como la salud, la educación, el agua y el espacio público se someten a la lógica del mercado, priorizando la rentabilidad sobre la garantía de derechos.
En el plano internacional, todo esta situación ha conducido a una inestabilidad geopolítica en la que la competencia internacional por mercados, recursos y hegemonía ha creado tensiones comerciales, barreras arancelarias y conflictos bélicos que buscan reordenar el sistema para salvarlo sin contemplar que ello conduzca a aberraciones tales como los genocidios, las guerras impuestas y la incapacidad para enfrentar pestes y pandemias que afectan por igual a toda la humanidad y que señalan la putrefacción del sistema. Suponer que el mundo va a funcionar a partir de bombazos y muertes, es la negación de la propia condición humana.
Enfrentando una nueva crisis de dimensiones gigantescas, el capital recurre una vez más al fascismo, tal como hace cien años para intentar expandirse y salvarse del trance al que está enfrentando. La entronización de un régimen nazi en Estados Unidos ha venido a ser el colofón de todo este proceso de deterioro de la convivencia ciudadana en el plano político, económico social y sobre todo en los ámbitos morales y éticos, con la diferencia que en el pasado la humanidad se unió para enfrentar al nazismo y hoy convive con él -con muy pocas excepciones- sin grandes contratiempos permitiendo impunemente su acción en los campos de exterminio y en las organizaciones internacionales.
Esto es lo que permite explicar el surgimiento de los Trump, Milei, Kast, Fujimori, De la Espriella y otros que representan el último estertor de una sociedad que inevitablemente va a desaparecer porque la pedofilia, el racismo, el asesinato de niños, el genocidio y la mentira como principal instrumento de “razón” política no pueden ser los móviles del desarrollo de la sociedad humana.
En su devenir dialéctico, el mundo avanza ineluctablemente hacia un futuro mejor. Estos personajes no representan al futuro luminoso para la humanidad que todos aspiran. Por el contrario, ellos son expresión del excremento y el desecho que el capitalismo va dejando por el mundo tras su largo proceso de digestión de la sociedad.
En América Latina y el Caribe nos cuesta verlo porque somos el objeto principal de la furia sistémica del capital que hoy está siendo obligado a abandonar otras plazas del planeta ante el avance inexorable de los pueblos que se abren a un mundo nuevo. De esta manera, el poderío económico, científico y tecnológico de China, la fortaleza militar de Rusia, la verdad armada de Irán y la República Popular Democrática de Corea, el afán y la voluntad de África de obtener su segunda independencia desafiando, rechazando y derrotando a los imperios coloniales y en general, la resistencia de los pueblos a seguir siendo dominados, le dejan al capital solo la fuerza, la violencia, la guerra, la amenaza, y el chantaje como instrumentos para hacer valer su política.
Suponer que eso será eterno no pasa de ser una quimera. Grandes imperios han dominado el mundo: Bizancio duró 1058 años y su declive 400; Roma, 503 años y su declive 200; el imperio británico 400 años y su fin 97; el imperio otomano 623 años y desapareció en 239; el imperio español 406 años y su declive 300. ¿Quién se acuerda de ellos? Este que vivimos hoy, apenas lleva 128 de dominación y ya muestra las costuras al punto que tuvieron que recurrir a un pedófilo, asesino de niñas, mentiroso, mercachifle de la prostitución y cobarde para tratar de sostenerse.
Durante milenios, la humanidad ha avanzado dialécticamente hacia la generación de mejores condiciones para la vida. Hace 5 a 6 mil años, a partir de la revolución neolítica (transición radical de la humanidad de un estilo de vida nómada basado en la caza y recolección a uno sedentario), fundamentado en la agricultura y la ganadería, las sociedades de clases se entronizaron sobre la tierra. A partir de entonces, la agricultura se hizo sedentaria y comenzó el proceso de urbanización.
Se empezaron a acumular excedentes generando riqueza por un lado y desigualdad por otro. Surgieron las clases sociales y con ello, los administradores que manejaban los atributos de los gobiernos, los “profesionales” de la religión que daban explicación e interpretaban a su manera los fenómenos desconocidos de la naturaleza y los soldados que “resolvían” por vía armada las diferencias y confrontaciones que el proceso de acumulación generaba.
Comenzó la apropiación por algunos miembros de la sociedad de los excedentes y de los medios de producción. El Estado surgió como instrumento que aseguraba por vía de la fuerza que los propietarios mantuvieran el control de la sociedad, de los trabajadores y de la producción. Así, se comenzaron a hacer las primeras leyes para regular la autoridad y se oficializaron los ejércitos como principal herramienta para hacer valer la razón de los propietarios. Así también surgieron las clases sociales y la explotación. La sociedad esclavista fue la primera expresión de este desarrollo de la sociedad. Se institucionalizó cuando algunos pueblos optaron por explotar como mano de obra cautiva a los prisioneros de guerra, en lugar de ejecutarlos.
En la época esclavista no existía ningún tipo de industria, el capital era escaso y las técnicas de producción son rudimentarias. Solo la tierra y el trabajo contaban como instrumentos para el esfuerzo productivo. Pero al estar la fuerza de trabajo sometida a la esclavitud no era propiedad de los que laboran y por ello, no recibían ninguna retribución y se propagaba por decisión única y exclusiva de los esclavistas que por interés propio, alimentaban y fomentan la reproducción de los esclavos.
Desde el siglo V a.C. en Grecia, y posteriormente en Roma, el esclavismo se masificó, pero a partir del siglo III comenzó su decadencia cuando empezó el ocaso de ambas culturas tras el inicio de la preeminencia de la ciudad sobre el campo. Esto creó las condiciones para el surgimiento de la sociedad feudal que significó un gran paso adelante en la historia de la humanidad.
No obstante, lo hizo sin superar una incompatibilidad fundamental, es decir las contradicciones antagónicas de clase que no fueron superadas, solo asumieron otro carácter. La necesidad de la expansión, y por tanto de la guerra que antes se utilizaba para obtener esclavos, ahora se usó para conquistar territorios en los que campesinos libres venían a jugar el mismo papel que el esclavo. Sin embargo, aunque haya sido un trascendente paso adelante porque las personas habían conquistado su “libertad”, al mismo tiempo fueron utilizados para formar parte de los ejércitos, posibilitando sostener la solidez del sistema.
Pero a partir del siglo III, la amplitud y extensión geográfica de los territorios conquistados y de los pueblos sometidos produjo la crisis y la anarquía. Los gobiernos y los líderes no tenían el músculo económico suficiente como para garantizar el funcionamiento de enormes ejércitos que estaban desplegados en inconmensurables espacios geográficos. En ese marco, se produjo la expansión del cristianismo en Occidente. Así, se empiezan a manifestar las debilidades del sistema. Las ciudades que eran el centro del poder expusieron debilidades, ya no bastaba con ser libre del dominio esclavista, los individuos aspiraban a algo más.
El fin de la sociedad esclavista fue un proceso histórico gradual impulsado por cambios económicos y morales y, presiones políticas. El inicio de este nuevo período que se llamaría feudalismo podría situarse en el siglo V, tras la crisis del imperio romano, aunque el mismo tuvo su apogeo en Occidente posteriormente entre los siglos IX y XV. Su origen se debió a la inseguridad generada tras la caída de los imperios romano y carolingio.
Durante los siglos IX y X Europa vivió una época de caos en el que las monarquías, incapaces de proteger sus territorios se vieron obligados a ceder parte de su poder, entregando el control político y militar de algunos espacios a nobles locales, lo que dio surgimiento a un pacto de vasallaje que se manifestaba como subordinación al rey a cambio de la entrega de tierras (feudos) produciendo una transformación de la sociedad que se dividió en nuevas clases: los dueños del poder (nobleza guerrera y clero) y los que no lo tenían (campesinos y siervos obligados a trabajar la tierra).
De esta manera, el feudo se transformó en el centro de una economía basada fundamentalmente en la agricultura y la ganadería. Por su parte, los campesinos, que en su mayoría eran siervos vinculados a la tierra, aunque ya no eran esclavos, dependían del señor feudal para obtener protección y el derecho a cultivar. En este contexto, en Europa, la iglesia católica legitimaba el orden social como voluntad divina y poseía grandes extensiones de tierra, utilizando el miedo como instrumento de dominación y control en alianza con las monarquías y los ejércitos.
Este sistema que funcionó “exitosamente” hasta los siglos XIV y XV comenzó a cavar su tumba tras el resurgimiento de las ciudades, el crecimiento del comercio y la aparición de rutas comerciales que permitieron el desarrollo de una nueva clase que ya no dependía de la tierra: la burguesía. La peste negra (que se desató en 1348) significó una gran crisis demográfica que diezmó a la población, produjo escasez de mano de obra y dio a los campesinos mayor poder de negociación para exigir mejores condiciones, debilitando el sistema de servidumbre. Los reyes recuperaron su autoridad frente a los nobles y sometieron a los señores feudales con el apoyo financiero de la burguesía consolidando Estados modernos que estaban surgiendo precisamente en ese período.
Este proceso dio origen a la sociedad capitalista que situó su arranque en la transición de la Europa feudal (siglos XV y XVI) hacia la modernidad. Nació gracias a la expansión del comercio, el surgimiento de la burguesía como nueva clase social, y la Revolución Industrial, que transformó el trabajo agrario en asalariado y fabril.
Con los viajes de exploración y el colonialismo, el comercio internacional creció enormemente. Se empezaron a formar bancos y sociedades financieras, facilitando la acumulación de capital y desarrollando un capitalismo mercantil que tuvo su apogeo entre los siglos XV y XVII. Con ello, también surgió el proletariado, una nueva clase de explotados que emergió tras un proceso de privatización de tierras (sobre todo en Inglaterra) que produjo la expulsión de los campesinos de las zonas rurales, viéndose obligados a migrar masivamente a las ciudades convirtiéndose en trabajadores asalariados para sobrevivir. La Revolución Industrial que tuvo su inicio en Inglaterra durante el siglo XVIII se caracterizó por la aplicación masiva de maquinaria a la producción, consolidando al capitalismo como sistema dominante. La riqueza ya no solo venía de la tierra, sino de la propiedad sobre los medios de producción (fábricas y máquinas). Algunos intelectuales como Adam Smith y David Ricardo sentaron las bases ideológicas al defender el libre mercado y la no intervención del Estado en la economía.
Como nuevo sistema, la sociedad capitalista comenzó a construir sus propios principios que se fundamentaban en el libre mercado, la propiedad privada y el rendimiento económico. Sus valores centrales fomentaban la autonomía, la recompensa al esfuerzo individual y el crecimiento económico. Desde el punto de vista económico estos principios generaron una escala de valores transformados en verdades universales que a partir de entonces comenzaron a guiar el funcionamiento del modelo. Algunos de ellos se mantienen vigentes como la libertad de empresa y la elección para tomar decisiones individuales sin interferencias; el reconocimiento y protección legal de la propiedad privada, es decir de los bienes, los medios de producción y el capital; igualmente la generación de un ambiente de competitividad a fin de impulsar la innovación, la eficiencia y la mejora de la calidad para destacar en el mercado a fin de maximizar las ganancias del dueño del capital y los medios de producción. Así mismo, la premisa de que el trabajo y la inversión productiva debían verse recompensados con la acumulación de riqueza y capital es mostrado como expresión del triunfo y la felicidad en la vida, priorizando el éxito personal, el emprendimiento y la responsabilidad individual sobre el bienestar colectivo.
En 1916, Lenin definió al imperialismo como "fase superior del capitalismo", caracterizada por el reemplazo de la libre competencia, por los monopolios. El líder ruso estableció que este proceso marcaría la transición del sistema capitalista hacia su etapa de mayor concentración, dominación y declive. Sus rasgos fundamentales son: la concentración de la producción y el capital y la creación de monopolios que controlan la producción y el mercado de forma decisiva; la fusión del capital bancario con el capital industrial para dar origen al capital financiero en el que un pequeño grupo domina toda la economía y dicta las reglas del sistema; la exportación de capital excedente a otros países (generalmente colonias o dependencias) para obtener mayores tasas de ganancias a diferencia del pasado cuando se exportaban mercancías; la creación de asociaciones internacionales de monopolistas que forman cárteles y sindicatos mundiales que se reparten los mercados y el control comercial del globo; finalmente se produce un nuevo reparto territorial del mundo en el que las principales potencias capitalistas dividen el planeta en zonas de influencia, colonias y semicolonias, generando constantes disputas geopolíticas y conflictos bélicos por la hegemonía.
Esto es lo que estamos viviendo ahora. Estamos en plena fase imperialista del capital, solo que atravesando una etapa muy crítica, Trump desembozadamente ya no gobierna (como lo han hecho durante los últimos 250 años, los líderes del poder mundial) para hacer que el capitalismo sea competitivo y exitoso. No le importa. Lo que está haciendo es administrar abiertamente el poder y gobernar para ese 1% que conforman los monopolios a fin de que aumenten su lucro y obtengan mayores ganancias.
Pero paradójicamente y tal como lo previó Lenin, ello entraña también su propio declive. En su avasalladora impronta, Trump está destruyendo los cimientos de la sociedad capitalista, llevándose por delante instituciones, leyes, principios y valores que sirvieron para dar sostenibilidad al modelo durante dos siglos y medio.
Trump está dejando su huella al generar efectos secundarios negativos al extremar la desigualdad y priorizar el lucro sobre el bienestar humano. Visto de esta manera, es evidente que el mundo vive la crisis del capitalismo como nunca antes en la historia. Este proceso se manifiesta como colapso estructural originado por las contradicciones inherentes al modelo de acumulación, donde la búsqueda incesante de ganancias choca con el bienestar social. Esta inestabilidad se manifiesta en ciclos recurrentes de recesión, desigualdad extrema, precarización laboral y depredación ambiental. Aunque en el pasado, el sistema capitalista atravesó momentos de crisis, estas eran de carácter cíclico lo que le permitía hacer ajustes para su propia renovación. Hoy, por el contrario, se atisban elementos de crisis de naturaleza estructural que ya fueron avizorados en los momentos de desaparición del esclavismo y el feudalismo.
Esta situación se manifiesta en la práctica en forma de una creciente brecha entre capital y trabajo cuando las ganancias se concentran en élites corporativas mientras el poder adquisitivo se estanca, generando sociedades altamente polarizadas. Así mismo, la necesidad de crecimiento continuo y mercantilización de los recursos naturales han provocado niveles de degradación ambiental y alteración climática que amenazan la sostenibilidad.
Como se dijo antes, el capitalismo sufre recurrentes crisis y caídas destructivas en su cotidianidad. Ante eso, hoy más que nunca se toman medidas desde el poder a fin de salvar los sistemas financieros y trasladar los costos a la clase trabajadora. Así, áreas esenciales como la salud, la educación, el agua y el espacio público se someten a la lógica del mercado, priorizando la rentabilidad sobre la garantía de derechos.
En el plano internacional, todo esta situación ha conducido a una inestabilidad geopolítica en la que la competencia internacional por mercados, recursos y hegemonía ha creado tensiones comerciales, barreras arancelarias y conflictos bélicos que buscan reordenar el sistema para salvarlo sin contemplar que ello conduzca a aberraciones tales como los genocidios, las guerras impuestas y la incapacidad para enfrentar pestes y pandemias que afectan por igual a toda la humanidad y que señalan la putrefacción del sistema. Suponer que el mundo va a funcionar a partir de bombazos y muertes, es la negación de la propia condición humana.
Enfrentando una nueva crisis de dimensiones gigantescas, el capital recurre una vez más al fascismo, tal como hace cien años para intentar expandirse y salvarse del trance al que está enfrentando. La entronización de un régimen nazi en Estados Unidos ha venido a ser el colofón de todo este proceso de deterioro de la convivencia ciudadana en el plano político, económico social y sobre todo en los ámbitos morales y éticos, con la diferencia que en el pasado la humanidad se unió para enfrentar al nazismo y hoy convive con él -con muy pocas excepciones- sin grandes contratiempos permitiendo impunemente su acción en los campos de exterminio y en las organizaciones internacionales.
Esto es lo que permite explicar el surgimiento de los Trump, Milei, Kast, Fujimori, De la Espriella y otros que representan el último estertor de una sociedad que inevitablemente va a desaparecer porque la pedofilia, el racismo, el asesinato de niños, el genocidio y la mentira como principal instrumento de “razón” política no pueden ser los móviles del desarrollo de la sociedad humana.
En su devenir dialéctico, el mundo avanza ineluctablemente hacia un futuro mejor. Estos personajes no representan al futuro luminoso para la humanidad que todos aspiran. Por el contrario, ellos son expresión del excremento y el desecho que el capitalismo va dejando por el mundo tras su largo proceso de digestión de la sociedad.
En América Latina y el Caribe nos cuesta verlo porque somos el objeto principal de la furia sistémica del capital que hoy está siendo obligado a abandonar otras plazas del planeta ante el avance inexorable de los pueblos que se abren a un mundo nuevo. De esta manera, el poderío económico, científico y tecnológico de China, la fortaleza militar de Rusia, la verdad armada de Irán y la República Popular Democrática de Corea, el afán y la voluntad de África de obtener su segunda independencia desafiando, rechazando y derrotando a los imperios coloniales y en general, la resistencia de los pueblos a seguir siendo dominados, le dejan al capital solo la fuerza, la violencia, la guerra, la amenaza, y el chantaje como instrumentos para hacer valer su política.
Suponer que eso será eterno no pasa de ser una quimera. Grandes imperios han dominado el mundo: Bizancio duró 1058 años y su declive 400; Roma, 503 años y su declive 200; el imperio británico 400 años y su fin 97; el imperio otomano 623 años y desapareció en 239; el imperio español 406 años y su declive 300. ¿Quién se acuerda de ellos? Este que vivimos hoy, apenas lleva 128 de dominación y ya muestra las costuras al punto que tuvieron que recurrir a un pedófilo, asesino de niñas, mentiroso, mercachifle de la prostitución y cobarde para tratar de sostenerse.
Acaso, ¿alguien cree que gente como este esperpento humano va a hacer que el mundo sea mejor? No, para arribar a ese futuro esplendoroso, los pueblos van a luchar y vencer. La humanidad está asistiendo al parto de un mundo nuevo y como todo parto, este también se verificará con dolor. Al final, como la vida que nace, el porvenir esplendoroso que surgirá hará que la lucha haya tenido sentido y que los que luchan tengan su premio: la satisfacción de haber sido protagonistas del alumbramiento de una mejor sociedad para la humanidad.
Acaso, ¿alguien cree que gente como este esperpento humano va a hacer que el mundo sea mejor? No, para arribar a ese futuro esplendoroso, los pueblos van a luchar y vencer. La humanidad está asistiendo al parto de un mundo nuevo y como todo parto, este también se verificará con dolor. Al final, como la vida que nace, el porvenir esplendoroso que surgirá hará que la lucha haya tenido sentido y que los que luchan tengan su premio: la satisfacción de haber sido protagonistas del alumbramiento de una mejor sociedad para la humanidad.
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¿Por qué es un objetivo estratégico?
El 23 de Enero representa el "faro" del poder popular organizado.
Pero no nos conocen. No entienden que este suelo no se rinde, porque nuestra historia se parió en el asfalto y se defiende con la vida.
1. La Boca del Oeste: Geopolítica y Control Territorial
El 23 de Enero no es una barriada periférica aislada; somos la entrada estratégica al oeste de Caracas, el corazón político-militar visual de la capital. Nuestra ubicación nos convierte en una zona de alto valor táctico e inexpugnable para quienes intenten quebrar el hilo constitucional.
A las puertas del poder central: Nuestra proximidad inmediata al Palacio de Miraflores y a los ministerios clave del Gobierno Bolivariano nos sitúa como la primera línea de defensa del proceso revolucionario. Custodiamos el núcleo del poder popular y ejecutivo.
El dominio de las alturas:* Geográficamente, nuestras colinas y los imponentes superbloques ofrecen una ventaja visual y de control absoluto sobre los principales accesos viales hacia el centro de la ciudad. Somos los guardianes de las laderas que miran de frente al enemigo.
2. El Techo de la Comuna: Organización Popular desde Abajo
Para cualquier fuerza de intervención o pretensión desestabilizadora, el mayor obstáculo no es solo el ejército regular; es nuestro tejido social organizado. Somos el referente histórico del Estado Comunal y la autogestión.
Bastión e identidad ideológica: Nuestra memoria de lucha se remonta a la traición del pacto de Puntofijo y a la resistencia contra la Cuarta República en los años 60, 70 y 80. Aquí la utopía militante nunca murió; se transformó en vanguardia.
Estructuras de base en pie de lucha: Las comunas, los consejos comunales y los colectivos de defensa territorial en sectores emblemáticos como La Cañada, Monte Piedad y El Mirador no son estructuras burocráticas. Son una muralla comunitaria capaz de movilizarse en cuestión de minutos ante cualquier agresión bajo la premisa de que solo el pueblo salva al pueblo.
3. Trincheras de las Ideas: La Comunicación Alternativa
En esta guerra no convencional y de Quinta Generación, donde el imperialismo intenta imponer el apagón informativo y la distorsión mediática, nuestras comunidades han desarrollado sus propias armas para la batalla de las ideas.
*Medios comunitarios al frente:* Nuestras radios comunitarias, periódicos locales y megáfonos populares rompen el cerco de las corporaciones transnacionales. Tienen la capacidad de alertar a la población en tiempo real, desmontar los laboratorios de guerra psicológica y coordinar la defensa civil de inmediato. Nuestras antenas y estaciones de comunicación popular son el grito de la verdad liberadora.
4. El Símbolo de la Dignidad y el Legado Sagrado
El ataque a los símbolos es la regla de oro de los manuales de la contrarrevolución. Al albergar en nuestras entrañas el *Cuartel de la Montaña 4F*, en el sector de La Planicie, allí donde reposan los restos inmortales del Comandante Hugo Chávez, el 23 de Enero adquiere una carga mística y sagrada.
Un zarpazo contra este territorio busca un impacto psicológico devastador para desmoralizar a las fuerzas populares en todo el país. El enemigo sabe que aquí se consolidó la unión cívico-militar el *4 de febrero y el 27 de noviembre de 1992*, y que desde estas mismas barriadas bajamos en masa aquel histórico 13 de abril de 2002 para rescatar a nuestro presidente y restaurar la dignidad nacional.
El imperialismo insiste en su estrategia de asedio: desabastecimiento inducido, infiltración de violencia armada o sabotaje a nuestros servicios públicos para desgastarnos desde adentro. Pero el 23 de Enero es una escuela abierta de dignidad e internacionalismo, donde las banderas de Cuba, Palestina y de cada pueblo que lucha contra el opresor ondean con orgullo.
El Chorrillo en Panamá
El barrio está marcado por la Invasión estadounidense de 1989, ya que gran parte de su arquitectura original fue destruida por incendios y bombardeos durante la "Operación Causa Justa".
Aquí no hay espacio para la claudicación.
Defenderemos el legado de nuestros mártires con la coherencia de la acción colectiva.
A 60 años del asesinato de Fabricio Ojeda y a los 200 años del Congreso Anfictiónico de Panamá.
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